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La maestrita de los obreros: cuando el cine clásico imaginó la educación de la clase trabajadora

6 octubre, 2026
in Formación y acción, Portada
Tiempo de lectura:6 minutos de lectura
La maestrita de los obreros: cuando el cine clásico imaginó la educación de la clase trabajadora
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A 84 años de su estreno, la película de Alberto de Zavalía sigue siendo un documento valioso para pensar la relación entre escuela, fábrica y trabajo. Una mirada sindical sobre sus aciertos, sus límites y sus preguntas pendientes.

El 4 de marzo de 1942 llegó a las salas argentinas La maestrita de los obreros, un drama dirigido por Alberto de Zavalía, con guion de Alejandro Casona y Delia Garcés en el papel protagónico. La historia es sencilla pero cargada de conflicto: Enriqueta Baretti, recién egresada de la Escuela Normal, espera trabajar con niños pero es destinada a una escuela de fábrica en un barrio humilde de las afueras de Buenos Aires. Allí debe enseñar por las noches a hombres que llegan al aula después de la jornada laboral, y que responden, al comienzo, con hostilidad, burlas y desconfianza.

La joven maestra no vence esa resistencia mediante la autoridad formal, sino a través de la perseverancia y de una pedagogía afectiva que busca descubrir, detrás de la rudeza, una sensibilidad todavía disponible. El aula aparece como un lugar de alfabetización y, al mismo tiempo, como un dispositivo de integración social. La enseñanza promete transformar a los alumnos, pero también transformar su relación con el trabajo y con la comunidad.

El argumento de la película conecta con una historia más larga. Desde fines del siglo XIX hubo experiencias impulsadas por asociaciones mutuales y vecinales, sindicatos y organizaciones obreras. Durante la década de 1930 también se multiplicaron las escuelas patrocinadas por empresas, destinadas a “formar” adultos. En ese mapa se ubica precisamente La maestrita de los obreros. Que anticipa la importancia que el movimiento justicialista daría a esta acción pedagógica.

La película describe los barrios obreros y la fábrica, sus horarios, jerarquías y accidentes. La película muestra esa zona que el cine de “telefonos blancos” solía dejar en segundo plano.

Enriqueta enseña por vocación, si. Pero su padre murió en un accidente y quedó huérfana y debe ganarse la vida. Esa dimensión económica impide leerla únicamente como una figura abnegada que se entrega a los demás. Es también una trabajadora que necesita un salario. Aún así ella plantea una asimetría entre quien enseña y quienes aprenden. La maestra exibe una autoridad cultural que los obreros no poseen, y la película convierte el vínculo pedagógico en un proceso de acercamiento sentimental y ético donde la comunidad se construye en el encuentro. Enriqueta no es una simple “maestrita” que civiliza a un grupo de hombres. Es una profesional joven que entra a un mundo de trabajo masculino, pero el cine clásico reorganiza su presencia a través del melodrama: la dureza del aula, la atracción entre la maestra y el alumno pendenciero, el accidente en los talleres y la muerte convierten un conflicto educativo y social en una prueba de
sentimientos.

La recepción contemporánea fue favorable a la eficacia emocional del filme. El diario El Mundo lo definió como un “film logrado en su aspecto emotivo”. Victoria Ocampo elogió la actuación de Delia Garcés y destacó que se movía y hablaba “sin la menor afectación”. Pero la mirada retrospectiva es menos entusiasta: se lo caracterizó como un “tema demagógico desde el original que lo inspiró”, con una realización lenta, aunque con momentos emotivos y corrección técnica.

La crítica posterior apunta al núcleo de la contradicción: Zavalía y Casona muestran al proletariado desde una óptica “más bien burguesa”. La película reconoce la explotación, la dureza de la vida laboral y la necesidad de educación, pero imagina la integración a través del orden, el sacrificio y la conversión personal, más que mediante la organización colectiva de los trabajadores.

El alumno más violento, presentado inicialmente como un rufián, se incorpora luego al trabajo fabril. Su transformación parece confirmar que el trabajo ordenado y la educación pueden redimirlo. A la vez, la trama desplaza la cuestión colectiva hacia el itinerario individual de un hombre que debe corregirse. La dignificación del obrero queda así ligada a su adaptación a una disciplina laboral y a su reconocimiento de la maestra.

La participación de Alejandro Casona no es un dato menor. El dramaturgo español, exiliado en la Argentina, construyó buena parte de su obra alrededor de la educación, la infancia, la autoridad y la posibilidad de modificar la conducta mediante la cultura. La maestrita de los obreros adapta una obra de Edmondo De Amicis, pero su tema y su protagonista pertenecen también al mundo de Casona: la maestra es, en cierto modo, una versión proletaria de la protagonista de Nuestra Natacha, trasladada del reformatorio a la fábrica.

Lo que está en juego es una pedagogía reformadora: la convicción de que la educación puede sacar a los sujetos de la violencia, la ignorancia y la degradación. Esa confianza se vincula con el ideario de la Institución Libre de Enseñanza y con el poder emancipador atribuido a la educación. Pero el filme también muestra el límite de esa promesa.

¿Qué preguntas deja abiertas para el movimiento sindical?

A 84 años de su estreno, La maestrita de los obreros conserva valor como pieza del cine clásico argentino, pero también como documento cultural. Su melodrama permite ver cómo una sociedad imaginaba la escuela nocturna, el trabajo fabril y la relación entre clases sociales. La película proclama que la educación puede cambiar a las personas. La crítica histórica y de género muestra que también puede revelar quiénes son los sujetos autorizados a cambiar, quiénes deben ser redimidos y qué precio paga una mujer cuando convierte su profesión en una forma de vida. Para el movimiento sindical, las preguntas que deja abiertas son incómodas y productivas: ¿Quién tiene derecho a enseñar? ¿Qué saberes se consideran legítimos? ¿La educación transforma a los trabajadores o los adapta a un orden social? ¿Por qué una mujer que trabaja enseñando termina siendo devuelta por el relato al lugar de la abnegación y el deseo?

La película puede ser, al mismo tiempo, una defensa de la educación popular y una representación paternalista de los trabajadores. Ese doble filo es precisamente lo que la vuelve actual. Porque la discusión sobre la formación, la capacitación y la educación de las y los trabajadores sigue siendo hoy un terreno en disputa: ¿se trata de adaptar la fuerza de trabajo a las necesidades del capital, o de construir herramientas para la organización colectiva y la emancipación?


Ficha breve

  • Título: La maestrita de los obreros
  • Estreno argentino: 4 de marzo de 1942
  • Dirección: Alberto de Zavalía
  • Guion: Alejandro Casona, sobre la obra homónima de Edmondo De Amicis
  • Protagonistas: Delia Garcés, Oscar Valicelli, Felisa Mary y Orestes Caviglia
  • Género: drama
  • Duración: 97 minutos (según Cine Nacional)

Referencias: CINE.AR/INCAA; Cine Nacional; Valeria Manzano, Trabajadoras en la pantalla plateada; Emeterio Díez Puertas, El cine de Alejandro Casona y el fantasma de la Institución Libre de Enseñanza; Sonia M. Paredes, La institucionalización de la Educación de Adultos en la Argentina.

Etiquetas: culturaformación
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