En un contexto donde los discursos hegemónicos buscan instalar que los trabajadores somos vagos, mafiosos o privilegiados, la pregunta por la comunicación sindical se vuelve estratégica. No alcanza con discutir leyes: antes hay que discutir políticas. Así lo planteaba Margarita Graciano, teórica de la comunicación y militante peronista, cuando sostenía que antes de construir leyes que regulen, lo que tenemos que darnos son políticas dentro de nuestro movimiento político.
De eso se trató la exposición que compartimos en el espacio de formación sindical, donde junto a compañeros de distintos gremios debatimos sobre el rol de la comunicación en la construcción de poder popular. La premisa es clara: los trabajadores no solo producimos los bienes y servicios que mueven el mundo, también producimos el conocimiento que después es apropiado.
La trampa de los especialistas y la voz propia
Uno de los primeros mitos que hay que derribar es el de los “especialistas”. ¿Querés saber cómo funcionan los trenes? Preguntale a los trabajadores ferroviarios. ¿Cómo funciona el sistema de salud en el subte? Hablá con los compañeros de Metrodelegados. ¿Cuál es la situación real en las escuelas? Preguntale a la maestra. No necesitamos intermediarios que nos expliquen nuestra propia realidad.
Sin embargo, nosotros mismos caemos en la trampa de los especialistas. Nos acostumbramos a que otros hablen de nosotros, a que otros interpreten nuestras luchas. El desafío es empezar a sistematizar y compartir nuestras experiencias de comunicación, con las especificidades propias de cada organización. La comunicación no es solo un campo de soporte a la organización (la relación entre delegados y afiliados, las conducciones, los distintos momentos de la lucha), sino también una disputa en la opinión pública.
¿Qué entendemos por comunicación?
Comunicar es poner en común, es dialogar, es construir aún desde relaciones asimétricas de poder. La perspectiva dialógica es la herramienta más importante que tiene el sindicato. Desde el momento en que un delegado habla con sus compañeros para tomar una decisión sobre una acción de fuerza, hasta la construcción de una agenda propia en los medios, todo es comunicación.
Pero la comunicación también es un derecho humano. Así como exigimos vivienda, salud y educación, también tenemos derecho a la conectividad, a una tarifa plana, al acceso a los medios y a tener nuestros propios medios de comunicación. No solo para operar cámaras o poner el sonido, sino para discutir qué se dice y cómo se dice.
Lo que dicen de nosotros: estigmas y fake news
Los medios hegemónicos no son informativos: son agentes corporativos de información. Y lo que dicen sobre nosotros no es casual. Desde el sketch de la Fundación Libertad y Progreso sobre la “reforma laboral” hasta los titulares que presentan a los gremios como mafias que no quieren volver a clases, hay una matriz discursiva que se repite: los trabajadores organizados somos vagos, violentos, corruptos, privilegiados.
El video de la Fundación Libertad y Progreso (2016) ya planteaba los argumentos que hoy vemos naturalizados: que la legislación laboral es un “peso”, que los dirigentes gremiales se oponen a la modernización para conservar privilegios, que la negociación colectiva genera corrupción. No tiene ninguna vergüenza: plantean sus intereses de clase sin disimulo.
Frente a esto, nuestra respuesta no puede ser defensiva. Tenemos que relevar, analizar y sistematizar los discursos que se construyen sobre nosotros para poder generar respuestas estratégicas. Como hicimos con el caso del CONICET durante el macrismo, o con los docentes universitarios, o con la rápida instalación de la idea de “auditoría” como excusa para atacar todo lo que se quiere deslegitimar.
La cancha local y la cancha visitante
Hay dos canchas: la cancha local, donde construimos nuestra propia agenda, y la cancha visitante, donde vamos a los medios hegemónicos a disputar sentido. En la cancha de ellos, las preguntas son malintencionadas, los periodistas aprietan el diafragma, buscan ponernos nerviosos. La clave es respirar, no picar, contestar con argumentos y disfrutar que se pongan nerviosos ellos.
Pero la comunicación sindical no es comunicación política. Los consultores de comunicación política no saben nada de comunicación sindical. Nosotros no podemos armar un incendio para después salir a pagarlo. La espectacularidad no nos sirve. Lo sindical se fortalece con la construcción de fuerza propia, con la organización, con la comunidad.
Estrategia: público, herramientas, objetivo
Para construir una voz propia necesitamos pensar estratégicamente. ¿A qué público le hablo? ¿Con qué herramientas? ¿Cuál es mi objetivo? No es lo mismo hablarle a los cuerpos intermedios que a los delegados de base, que a los trabajadores de un sector, que a la opinión pública en general.
Tenemos una multiplicidad de destinatarios y tenemos que ver cómo rompemos, cómo tensamos, cómo construimos en cada declaración, en cada mensaje. Y también tenemos que construir cultura: que cada trabajador de nuestro sector se sienta defendido, protegido, parte de un colectivo que no solo pelea por el salario, sino también por la salud, por las vacaciones, por la mochila para el inicio de clases.
Conclusión: planificar la comunicación como derecho
Todo esto que parece un montón lo hacemos todo el tiempo. El tema es poder ponerlo por escrito y pensarlo estratégicamente. Lo que nos está faltando es una estrategia de planificación hacia dentro y una estrategia que le pueda decir a nuestras conducciones políticas: este es nuestro modo de comunicar.
La comunicación es un derecho humano. Los trabajadores no solo vamos a ser los que operemos las cámaras o pongamos el sonido, sino también los que discutamos qué se dice y cómo se dice. Tenemos derecho a tener nuestros propios medios, a producir ficciones, a contar nuestras historias. Como decía la compañera: “No puede haber hambre en una tierra hecha de pan”. Esa es una frase que hay que recuperar.
Volviendo a Graciano: antes de la ley, hay que discutir nuestra política de comunicación. Y esa política tiene que ser federal, plural, diversa y transformadora. Porque la única lucha que se pierde es la que se abandona.





