Hay películas que se ven con la garganta apretada y una sonrisa incómoda, porque lo que muestran no es gracioso, sino grotesco —y el grotesco, cuando está bien hecho, duele cuando nos reímos.
El grotesco como estrategia
Gabriel Condron define su ópera prima como “una postal de los años 90 en clave de grotesco”. La película sigue a Ricardo Tattarelli (Coco Sily), un empleado estatal que, convencido por un funcionario transa (Cutuli), acepta un retiro voluntario para convertirse en “nuevo rico” y abre una pizzería. El resultado es un desfile de personajes de barrio y un descenso a los infiernos del sueño neoliberal.
Condron no busca el “buen cine” sino llevar hasta la náusea los clichés de una época en la que los argentinos nos hundimos en la más oscura de las ilusiones. Los gritos impostados, las alegrías forzadas, los personajes mal compuestos: todo es una estrategia deliberada para reintroducir una estética kitsch que refleja el absurdo de una década en la que la república se caía a pedazos.
Un diálogo con Plata dulce
Quienes vivieron los 80 recordarán Plata dulce (1982), la sátira de Fernando Ayala sobre la “bicicleta financiera” de la dictadura. Un peso, un dólar es su hermana menor, pero más amarga. Si Plata dulce retrataba la euforia especulativa con el humor de Oscar Viale y Jorge Goldenberg, la película de Condron muestra el otro lado del espejo: el del trabajador común que, cegado por la promesa del ascenso social, termina devorado por el sistema que creía poder dominar.
Ambas películas comparten un ADN común: la sátira económica como termómetro de una sociedad que se cree rica mientras se empobrece. Pero donde Ayala ponía el foco en los pequeños empresarios, Condron lo pone en un empleado estatal que sigue los consejos de un vivo termina peor que antes. Esa elección no es menor: convierte la crítica en algo más cercano, más doloroso, porque todos conocemos a un Ricardo.
Ecos en el presente
Lo inquietante de Un peso, un dólar es que no es una película de época. Es un documental del presente camuflado de comedia. La ley de convertibilidad, sancionada en 1991, prometía el primer mundo. Lo que trajo fue el desmantelamiento de empresas estatales, la destrucción de la industria nacional y el vaciamiento de la política.
Hoy, cuando se vuelve a hablar de la estabilidad como solución, cuando los trabajadores estatales son nuevamente señalados como “un gasto” y las privatizaciones vuelven al centro del debate, la película de Condron adquiere una actualidad escalofriante. No es nostalgia es una advertencia.
Es tosca, es exagerada, es incómoda. Pero es necesaria. Porque hay historias que solo pueden contarse en clave de grotesco, y esta es una de ellas. Una postal de los 90 que, lamentablemente, sigue siendo el retrato de un país que no termina de aprender.
Recomendada: para quienes quieran entender (o recordar) que el “uno a uno” no fue una fiesta, sino el preludio de una tragedia. Y para quienes sospechen que la historia, en Argentina, siempre vuelve a empezar.





