Feminismo instrumentalizado y medios en acción: la tergiversación de la disputa gremial
Por Marina Saieva y María Luz Casimiro
De las entrevistas televisivas al banquillo judicial, la historia de Lácteos Vidal revela cómo el relato del “emprendedurismo femenino” se convirtió en un escudo para encubrir la represión sindical y una red de negocios opacos. La “patrona buena”, aplaudida por su “valentía”, terminó simbolizando una estrategia empresarial de disciplinamiento, lavado de imagen y —según diversas investigaciones— posibles vínculos con circuitos financieros ligados al narcotráfico.
La heroína del capital
En los últimos años, la figura de Alejandra Bada Váquez, dueña de Lácteos Vidal, fue moldeada con precisión mediática. La “mujer que da trabajo”, la “empresaria del interior que se enfrenta al sindicalismo mafioso”, la “PyME que resiste sola”. En ese libreto, repetido hasta el cansancio en noticieros y programas de opinión, el feminismo se volvió un decorado útil: una mujer poderosa que desafía al “patriarcado sindical”, una historia vendible para el prime time.
Lo que no aparece en esa versión televisiva es el costo humano del relato. Mientras la empresaria recorría los estudios de televisión, los trabajadores de la planta de Moctezuma —partido de Carlos Casares— enfrentaban despidos, persecución gremial y denuncias judiciales por intentar ejercer derechos elementales. La misma narrativa que exalta la “valentía individual” de la patrona, sirve para borrar los reclamos colectivos de la organización de quienes sostienen la producción diaria.
Como señalan Díaz Ordóñez y Dodaro (2020) en la prensa argentina persiste un esquema discursivo que opone al empresario “racional y productivo” frente al sindicalista “irracional y violento”. Esa figura del empresario víctima, amplificada por los medios, opera como legitimación simbólica del orden patronal. En el caso Vidal, ese esquema se completa con una variable de género: la “mujer valiente” que se enfrenta a los “machos gremialistas”.
Esta construcción simbólica no se limita a los medios: tiene efectos concretos en el terreno laboral y jurídico. El conflicto que dio origen a esa narrativa permite observar cómo el relato mediático legitima la persecución sindical.

La fábrica como territorio disciplinario
El conflicto con Atilra (Asociación de Trabajadores de la Industria Lechera de la República Argentina) comenzó con reclamos básicos: condiciones laborales, seguridad e incorporación al convenio. La respuesta fue inmediata: despidos, amedrentamientos y causas penales. En lugar de negociación, criminalización.
Según la Defensoría del Público (2022), el tratamiento informativo de los conflictos sindicales en los grandes medios se caracteriza por un desplazamiento del “tercero perjudicado” hacia la victimización empresarial: los empresarios aparecen como “víctimas heroicas” mientras las voces de los trabajadores y sus representantes son invisibilizadas. Esta tendencia, subraya el informe, consolidó un discurso donde “toda acción de protesta se asocia a extorsión” (Defensoría del Público, 2022).
El caso Lácteos Vidal se convirtió en bandera del Movimiento Empresarial Antibloqueo (MEAB), fundado por sectores ligados al PRO y la Fundación Pensar. Como explicó Página/12 (Dellatorre, 2022), el MEAB funciona como un lobby judicial y mediático que brinda cobertura política a los empresarios que judicializan conflictos laborales bajo el lema de “defender la libertad de trabajar”. Detrás de esa consigna se articula una estrategia antisindical que busca legitimar la represión y deslegitimar la negociación colectiva, pero van por más porque abrazando los discursos progresistas y apropiándose de las banderas del feminismo, lo que persiguen como fin último es la destrucción del sindicalismo que es una legítima institución de la modernidad y en particular del modelo sindical argentino.
Este tipo de operación comunicacional ha sido ampliamente estudiada desde los análisis críticos del discurso. Dodaro (2022) advierte que esta lógica mediática desplaza el análisis de las causas estructurales del conflicto hacia la conducta moral del dirigente, construyendo la figura del “enemigo interno”. En el caso de Alejandra Bada Vázquez, ese dispositivo moral se amplifica mediante un recurso de género: el feminismo libertario mediático, que convierte la posición patronal en una gesta de emancipación individual. La “empresaria valiente” se presenta como víctima del patriarcado sindical, cuando en realidad se legitima como sujeto moral del capitalismo contemporáneo.
Ese discurso de “empoderamiento” en clave individualista y antisindical reproduce lo que Spataro y Vázquez (2024) describen como la apropiación neoliberal del feminismo: un relato donde el éxito personal y la subordinación laboral conviven sin conflicto.

La leche cuajada: el lado oscuro del relato
Pero el relato mediático no opera en el vacío: se sostiene en una trama económica que le da sentido y continuidad. El poder simbólico encuentra su correlato en las prácticas materiales que lo financian y lo reproducen.
A medida que el conflicto de lácteos Vidal crecía, comenzaron a emerger datos incómodos sobre el entramado económico de la empresa. Exportaciones trianguladas, sociedades offshore y operaciones con firmas vinculadas a presuntos circuitos de lavado.
Diversas investigaciones periodísticas y judiciales (El Destape, 2025) señalaron movimientos financieros de Lácteos Vidal y de empresas asociadas a la familia Bada Vázquez que podrían corresponder a maniobras de lavado de activos. En algunos casos, incluso se mencionan nexos con redes comerciales utilizadas por organizaciones dedicadas al narcotráfico, aunque la dueña y heredera lo desmiente.
La empresa también fue denunciada por realizar transferencias hacia cuentas vinculadas al empresario narco Fred Machado y por aportes millonarios a la campaña presidencial de Patricia Bullrich, lo que refuerza la sospecha de una red de financiamiento político cruzada con operaciones ilícitas. Lo llamativo es que ninguno de estos hechos ocupó un espacio en los medios que defendieron a la “empresaria víctima”, no es casualidad, el silencio fue parte del blindaje. La “reina de la mala leche” se mantuvo como emblema de una moral empresaria que se autopercibe pura, aunque nada en aguas turbias.
El caso Lácteos Vidal replica los patrones observados por la Defensoría del Público (2022): coberturas sesgadas, ausencia de voces sindicales y exaltación de la empresaria como víctima heroica. En palabras de Dodaro (2023), esto forma parte de una “gramática de la criminalización”, un conjunto de recursos periodísticos que traducen el reclamo obrero en amenaza social y el conflicto en delito.
Feminismo de mercado y disciplinamiento social
Más allá de la trama económica, el caso también revela un desplazamiento cultural: la manera en que el discurso de género es apropiado por el mercado y los medios para legitimar el poder empresarial. El feminismo liberal —esa versión edulcorada y rentable del movimiento— se volvió una herramienta de marketing para legitimar el poder económico. El “yo puedo sola” reemplazó al “nosotras podemos juntas”, y la independencia femenina se mide por la capacidad de consumo o liderazgo, no por la transformación colectiva.
El caso Vidal es también un espejo del tiempo político que vivimos. Como señalan Spataro y Vázquez (2024), el feminismo liberal opera como un dispositivo de legitimación del orden económico: convierte la autonomía en valor empresarial y desplaza la política hacia la autoayuda. Desde esa lógica, la mujer “empoderada” no cuestiona la desigualdad, sino que aprende a gestionarla. En una entrevista reciente, las autoras remarcan que este “feminismo libertario” funciona como una pedagogía emocional del capitalismo: enseña a soportar la precariedad con optimismo y a traducir la explotación en oportunidad personal (Vázquez & Spataro, 2024).
En ese marco, la narrativa de Alejandra Bada Vázquez se vuelve paradigmática. El discurso de la “mujer que da trabajo”, oculta que en la base de esa historia hay trabajadoras despedidas, salarios ajustados y persecución sindical. El feminismo de pantalla no libera disciplina al convertir la subordinación en mérito y la resistencia en delito. Y mientras la televisión celebra la historia de la mujer que “rompe el techo de cristal”, otras mujeres —las obreras, las delegadas, las que enfrentan el despido o la persecución— quedan borradas de escena.
Esa inversión del sentido político del feminismo y de la defensa de derechos forma parte de una estrategia más amplia de domesticación social: mostrar que el éxito depende de la sumisión y que organizarse es un delito.
Código compartido: cuando el discurso mediático construye al otro
Lácteos Vidal no es solo una empresa. Es un síntoma. Expone cómo se articulan medios, poder judicial y discurso empresarial para reconfigurar el conflicto social como un problema de “orden público”.
Los medios de comunicación mantienen un mismo patrón al cubrir los conflictos laborales y presentarlos de forma negativa, descontextualizando las causas del reclamo y el recorrido previo. “Desde los noventa, las coberturas mediáticas mantienen el mismo esquema: criminalización, espectacularización y moralización del conflicto laboral” (Martini & Lucchesi, 2004, cit. en Defensoría del Público, 2022).
Las redes sociales hacen lo propio reproduciendo contenido muchas veces falso o discrecional que, como un disco de alta rotación, se impregna en la subjetividad de las personas y contribuye a la deslegitimación de la protesta sindical y de los trabajadores.
El caso Vidal resultó emblemático porque fue recuperado por sectores históricos de la casta antisindical que encontraron en la fuerza de la protesta la excusa perfecta para resignificar la disputa gremial como una “extorsión” y a partir de allí la oportunidad del manejo mediático para construir un otro: “las mafias sindicales” y un nosotros: “las heroínas que luchan solas”, complementandose para formar una unidad de mensaje en busca de adeptos desprevenidos, porque cada vez que el sistema necesita limpiar su imagen, inventa una figura: el “empresario sufriente”, el “patrón progresista” o patronas “feministas”.
En síntesis, el caso Lácteos Vidal condensa tres dimensiones problemáticas: un relato mediático moralizante, una estructura económica concentrada y una ideología de género funcional al poder.
La reina de la mala leche es el espejo roto de un relato que blanquea violencia y lava dinero con la misma espuma con la que limpia conciencias. Mientras tanto, los trabajadores siguen en la línea de producción, sin micrófono ni cámara, sosteniendo la leche —y el país— con los pies en el barro y las manos manchadas de verdad.






