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El Mono de Kapanga en “Gente Buena”: Hoteles sindicales y barrios obreros

22 mayo, 2026
in Actualidad, Portada
Tiempo de lectura:5 minutos de lectura
El Mono de Kapanga en “Gente Buena”: Hoteles sindicales y barrios obreros
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En una extensa y emotiva emisión del programa de streaming Gente Buena, los conductores Dante Mastropierro y Franco Tirri recibieron al Mono de Kapanga. Lo que comenzó como una charla nostálgica sobre su infancia en Quilmes, sus primeros laburos y su carrera musical, se transformó rápidamente en un valioso anecdotario oral sobre la clase trabajadora argentina, el rol de los sindicatos durante el peronismo y la centralidad del trabajo y la producción.

El padre, SEGBA y los hoteles de Luz y Fuerza
El Mono arrancó definiendo a sus viejos como “laburadores”. Su padre trabajaba en SEGBA (Servicios Eléctricos del Gran Buenos Aires) y, gracias al sindicato de Luz y Fuerza, la familia podía acceder a algo impensado para un obrero de la época: hoteles en Mar del Plata, Bariloche y Corrientes.

“El sindicato tenía hoteles en los lugares turísticos donde antes la gente laburante no llegaba. Durante el gobierno de Juan Domingo Perón empezaron a construir eso”, recordó el Mono. “Gracias a eso conocí un montón de lugares que antes estaban vetados para la clase obrera. Mar del Plata era para los oligarcas, para la gente millonaria que tenía sus finos. El sindicato hizo que el laburante también pudiera viajar”.

Para el cantante, esa fue una herramienta concreta de democratización del descanso, algo que contrasta con la actualidad, cuando sentencia: “No hay verdaderos sindicalistas como los que eran antes. Ahora todo por la plata baila el mono”.

La cervecería Quilmes y el barrio de los obreros
El Mono usó su Quilmes natal como el gran ejemplo de lo que fue una relación virtuosa –aunque imperfecta– entre el capital y el trabajo. Habló de Otto Bemberg, el alemán que puso la Cervecería Quilmes y que, entre otras cosas, hizo llegar el tranvía hasta la puerta de la fábrica para que los barriles salieran cargados directamente.

“Bemberg construyó el barrio para que el empleado viva cerca de la fábrica. Eso era el barrio de los cerveceros”, explicó el Mono. También relató el origen de la Villa del Monte, pegada al matadero: los trabajadores que venían de lejos empezaron a improvisar casillas de chapa y cartón para no perder cuatro horas de viaje por día. “Ahí fue creciendo, pero era otra cosa. Era otra idea”.

Fue en ese momento que Dante Mastropierro, escuchando atentamente, soltó un comentario breve pero filoso que funcionó como un puente entre aquel mundo y el actual: “Era otra idea. Ahora no. Ahora te ponen la traba para meterte una patada en el orto”. El Mono asintió con naturalidad, sin detenerse demasiado, y continuó con su hilo: el barrio aquel después se abrió al mercado inmobiliario y el Mono opinó que eso estaba mal. “Me parece que está mal. Es un barrio histórico”, dijo, sin necesidad de agregar más. La “patada” de Dante quedó flotando como una síntesis brutal del contraste entre aquella época de cierta protección obrera y el presente.

La anécdota de los panchos: el fracaso emprendedor
Antes de la fama, el Mono también tuvo su costado “emprendedor”. Contó con lujo de detalles su peor negocio: compró tres puestos de panchos y se instaló en el Parque Pereyra Iraola el Día de la Primavera, convencido de que se haría rico. Compró 3000 salchichas y 3000 panes. Vendió solo tres.

“Toda la jornada vendí tres panchos. Me comí cinco o seis de la bronca, me los metía así con un palo de escoba”, se rió. “El peor negocio de mi vida”. La anécdota, absurda y humana, sirvió para bajar la solemnidad y mostrar al Mono también como un laburante de la vida real, lejos del escenario.

El infarto, el hijo y el deber de cuidarse
Más adelante, el Mono habló de su infarto de hace un año y medio. “Me recontra cagó todo. Me asusté”, admitió. Pero también le agradeció: lo hizo dejar de fumar dos atados por día (cuatro los días de show). “Una de las cosas que le agradezco al infarto es que me quitó el pucho”. Lo que no pudo quitarle fue la comida, y bromeó con que su cardiólogo no estaría nada contento de ver la parrillada que le estaban sirviendo en el programa.

También habló de su hijo Tobías, de 24 años, con quien vive desde que se separó de su mamá. “Es mi gran referente, mi compañero, el faro al que apunto. Si me hubiera muerto del infarto, me estaría pegando piñas en la cabeza por todo lo que me quedaba pendiente con él”.

El cierre: Malvinas y la patria que no se olvida
Antes del cierre, el Mono se tomó un tiempo para opinar sobre Malvinas. Critició duramente a los militares que mandaron “pibes de 18 años sin instrucción contra los ingleses, que hace miles de años que guerream a todo el mundo”. Pero también destacó que Malvinas es “una de las pocas causas que nos unen a todos los argentinos”. Y recordó con bronca cómo la dictadura y algunos civiles se robaron el oro y las donaciones de la gente. “Yo no me olvido más”, dijo.

Un regalo inesperado y la emoción final
El programa terminó con un regalo que no estaba en el libreto: un cuadro pintado en vivo por Juan Carlos Casal, que mostraba al Mono de joven junto a su padre. El Mono se quebró. “Mira qué difícil dejarme sin palabras”, dijo, con la voz rota. Y lanzó un mensaje final simple y contundente: “Que lo valoren a los padres, que los disfruten lo más que puedan. Que disfruten los hijos”.

Después, ya recuperado, se puso de pie, miró a los conductores y les dedicó una última reflexión para todos sus fans y para los argentinos en general: “Que tratemos de ser mejores personas, de ser gente buena. Nada más que decir: gente buena”.

El programa terminó con aplausos, el Mono lleno de regalos y una foto impresa que él mismo calificó como “el mejor regalo”. La patada de Dante quedó como un latigazo certero en medio de una larga noche de recuerdos, choripanes y emociones.

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