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Del obraje a la app: la misma deuda, el mismo patrón

15 julio, 2026
in Actualidad, Portada
Tiempo de lectura:8 minutos de lectura
Del obraje a la app: la misma deuda, el mismo patrón
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 La explotación a los mensúes de principios del siglo XX y el endeudamiento de los repartidores de aplicaciones son dos caras de la misma moneda. La lección de “Las aguas bajan turbias” sigue vigente: solos somos ramitas que se quiebran; unidos, somos un haz inquebrantable.

La historia de la clase trabajadora argentina está marcada por ciclos de explotación que, aunque cambian de ropaje tecnológico, mantienen intacta su esencia. A principios del siglo XX, los obrajes forestales y yerbateros del Litoral fueron el escenario de uno de los capítulos más oscuros: la esclavización de los mensúes. Hoy, ese mismo mecanismo de dominación se reproduce en las calles, donde los repartidores de aplicaciones como Rappi o Mercado Libre se endeudan con sus propias patronales para poder trabajar, atrapados en una espiral de la que parece imposible escapar.

El mensú: un “esclavo blanco” en la selva misionera

A fines del siglo XIX y principios del XX, las grandes empresas yerbateras contrataban a los mensúes —término de origen guaraní que deriva de “mensual” o “mensualero”— para realizar las tareas más duras en la cosecha de yerba mate y la explotación forestal. Pero el contrato era una farsa. El trabajador llegaba al obraje con la ilusión de un salario, pero pronto descubría que el verdadero negocio del patrón no era la producción, sino el endeudamiento.

El mecanismo era perverso: el mensú recibía un adelanto o vales para comprar herramientas, alimentos y ropa en la propia pulpería del obraje, a precios inflados. Esa deuda inicial, sumada a los intereses usurarios, lo ataba de por vida al patrón. Las jornadas eran extenuantes —de 8 a 12 horas diarias—, las condiciones infrahumanas y la violencia del capataz, moneda corriente. Quien intentaba huir, era perseguido y muchas veces asesinado. Por el río Paraná navegaban cadáveres de trabajadores que se habían resistido.

Entonces, como ahora, la deuda era la cadena que impedía la libertad.

El rider del siglo XXI: la misma trampa con conexión WiFi

Un siglo después, el Banco Central de la República Argentina reveló un dato escalofriante: los repartidores de aplicaciones acumulan una deuda promedio cercana a los $900.000 por persona. Y el crecimiento es vertiginoso: la cantidad de trabajadores de plataformas que tomaron créditos aumentó un 177% entre 2023 y 2024, y volvió a crecer otro 122% durante 2025.

¿Quiénes son los deudores? En su mayoría, jóvenes menores de 40 años que trabajan de forma exclusiva para las plataformas. Son monotributistas, “independientes” según el eufemismo de moda, pero en la práctica son trabajadores sin derechos laborales, sin obra social, sin ART y sin posibilidad de jubilación.

El crédito no viene del banco, sino de la propia aplicación para la que trabajan. La plataforma evalúa la productividad, la cantidad de pedidos y la calificación del cliente para decidir quién accede al préstamo y por cuánto. El destino del dinero: comprar o reparar la moto, la bicicleta, el casco, la mochila térmica, el celular. Todo lo que el trabajador necesita para generar ingresos sale de su bolsillo.

Y aquí aparece el dato que revela la usura moderna: los intereses pueden llegar al 700% anual. El sindicato de base de trabajadores de reparto por aplicación (SITRAREPA) denunció que muchas veces esos préstamos se descuentan directamente de los ingresos generados por cada entrega, generando una relación de dependencia económica que obliga a extender las jornadas para poder pagar las cuotas.

“Generan una situación de dependencia porque terminamos atados a trabajar cada vez más horas para pagar las herramientas con las que trabajamos para esas mismas empresas”, denunció Ezequiel Rodríguez, secretario de Juventud del gremio. El testimonio de Pepe, un repartidor que para en Olivos, es desgarrador: “Mirá, en la esclavitud vos tenías la ilusión de liberarte, de escaparte del yugo, con estos tipos ni en pedo; te tienen agarrado de los huevos, cada vez les debés más, cómo querés que zafe”.

El mismo patrón: deuda, precarización y ausencia del Estado

La conexión entre el mensú y el rider es más que una analogía: es la continuidad de un modelo de explotación que se adapta a cada época. En ambos casos:

  • La deuda es el mecanismo de sujeción: el mensú debía en el almacén del obraje; el rider, en la propia plataforma. El patrón de ayer y la app de hoy son el acreedor y el verdugo.
  • La herramienta de trabajo es la cadena: el machete o el hacha del mensú, la moto o la bici del repartidor. Si se rompen, hay que endeudarse de nuevo para repararlas o comprarlas.
  • No hay derechos laborales: el mensú era un “peón rural” sin contrato; el rider es un “monotributista” sin relación de dependencia. Ambos son carne de cañón para el capital.
  • El Estado mira hacia otro lado: a principios del siglo XX, la complicidad estatal con los grandes enclaves forestales era absoluta. Hoy, el gobierno de Milei, junto a sus socios del PRO y la UCR, impulsa un modelo que desregula, precariza y entrega al trabajador a la lógica del mercado. Mientras tanto, las más de 26.400 Pymes cerradas, los 18.000 comercios barriales con las persianas bajas y los 310.000 despedidos son el fiel reflejo de un sistema que privilegia a un pequeño sector.

“Las aguas bajan turbias”: la lección que nunca caduca

En 1952, Hugo del Carril estrenó Las aguas bajan turbias, una película basada en la novela El río oscuro de Alfredo Varela. La trama sigue a los hermanos Santos y Rufino Peralta, que se emplean como trabajadores en los yerbatales del Alto Paraná y se topan con condiciones infrahumanas y la codicia de los patrones.

Pero la película no es solo una denuncia de la explotación. Es, sobre todo, un alegato a favor de la organización sindical. En una de las escenas más emblemáticas, un grupo de mensúes se reúne alrededor del fuego y discute la posibilidad de fugarse. Uno de ellos lee una carta de su hermano, que trabaja “en el sur” y cuenta: “Acá ya dejamos de ser esclavos. Somos hombres como los otros”. Ante la pregunta de qué es un sindicato, otro mensú toma un tronco de lapacho y explica: “Este lapacho yo solo no puedo ni moverlo. Pero todos juntos sí podemos ¿verdad? Ése es el sindicato. Un sólo hombre no puede nada, pero todos juntos sí”.

Esa imagen —la del tronco que una sola persona no puede levantar pero que un grupo puede mover— es la metáfora perfecta de lo que el movimiento obrero debe recuperar. Los mensúes de la película, después de siglos de sometimiento, se rebelan y castigan a sus explotadores. La rebelión en el norte hizo que los yerbatales pudieran castigar a los capataces que durante tanto tiempo los habían maltratado.

Hoy, los repartidores de aplicaciones enfrentan el mismo desafío. Están fragmentados, aislados en sus motos y bicicletas, compitiendo entre sí por un pedido más. Pero la lección de Las aguas bajan turbias es clara: solos somos ramitas que se quiebran con facilidad; unidos, somos un haz que ningún patrón puede romper.

Conclusión: la organización es el camino

El informe del Banco Central no es solo un dato económico: es un diagnóstico de la vulnerabilidad extrema a la que el capitalismo de plataformas somete a los trabajadores. La deuda de $900.000, los intereses del 700%, la falta de derechos, la precarización de las condiciones laborales: todo eso configura un escenario de explotación moderna que replica, con otros ropajes, la esclavitud de los mensúes.

Pero hay una diferencia crucial. Los mensúes de principios del siglo XX no tenían sindicatos; recién en la década de 1920 comenzaron a organizarse. Los repartidores de hoy tienen la ventaja de la historia: saben que la organización gremial es el único camino para dejar de ser “esclavos blancos” del siglo XXI.

Por eso, desde Comunicación Sindical, llamamos a todos los trabajadores de plataformas a organizarse, a afiliarse a sus gremios, a denunciar los abusos y a construir colectivamente la fuerza que el individualismo les niega. Como dijo aquel mensú en la película: “Un sólo hombre no puede nada, pero todos juntos sí”.

Las aguas bajan turbias, pero la resistencia de los trabajadores —unida, organizada, combativa— puede volverlas cristalinas. La historia no tiene por qué repetirse como tragedia. Puede escribirse como victoria.

Etiquetas: humanizar el capitalsindicatos
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